El “jugador” que no quería tocar la pelota.

Raposo y Mauricio
Imagen por: Diez.hn

Carlos Henrique RaposoEl Kaiser”, no quería tocar la pelota. Años después de su retirada, un jugador que tuvo que colgar las botas tras una multitud de lesiones a la corta edad de 39 años, concede una entrevista. Por suerte en la actualidad vive bien. Es preparador deportivo y no le falta de nada. En el otro lado de la pantalla muchos de sus amigos, que eran legión, estaban preparados para divertirse. Ellos ya sabían lo que iban a escuchar.

En la época más rockanrolla del fútbol, las fiestas, las mujeres y casi todo lo demás sí eran una realidad en el día a día de más de un jugador profesional. Una parte importante y consumada de su profesión. No es que ahora no se hagan cosas, pero ya no se parten los instrumentos, no se queman habitaciones de hotel… Ya no hay rockeros de verdad, solo gente que toca bien la guitarra.

El Kaiser no sabía ni atarse las botas. Pero en el otro escenario, era simplemente el mejor. De la misma forma que un delantero quiere tener dentro del campo al mejor pasador a su lado. Cualquiera quería tener cerca a Raposo fuera de él. Allí era el rey. Muchos de los que si sabían atarse las botas, y bien, fueron los que le recomendaron. Hasta algunos llegaron a condicionar su firma a que con él firmara ese compañero suyo que era un crack pero al que no habían respetado las lesiones. El responsable de tomar la decisión lo máximo que podía hacer era consultar a la prensa. La leía y encontraban artículos de sobra que avalaban la teoría.

Obviamente en el club desconocían que Carlos Henrique era inteligente de verdad. No sabía jugar al fútbol, pero sabía jugar a su juego de maravilla. Dos filtraciones, alguna invitación a una fiesta o a pasar la noche en compañía y el periódico del día siguiente contenía un artículo en el que se hablaba maravillas del gran Carlos Henrique Raposo.

Su carrera comienza en 1986, en Botafogo F.C. Con 23 años y sin experiencia previa se las arregla para que su primer gran amigo en esto convenza al club para que lo firme. “Yo hacía algún movimiento raro en el entrenamiento, me tocaba el muslo, y me quedaba 20 días en el departamento médico. En esa época no existía la resonancia magnética. Cuando los días pasaban, tenía un dentista amigo que me daba un certificado de que tenía algún problema. Y así, pasaban los meses“, explica el fenómeno.

La temporada siguiente lo ficha C.R. Flamengo. Misma operación. “En el entrenamiento acordaba con un colega que me golpeara para así marcharme a la enfermería“. En total, El Kaiser, militó en once equipos, gran parte de ellos de renombre, y tan solo disputó un total de 28 partidos (Fluminense F.C. con 12, Guarany F.C. con 12, C.A. Independiente y 1 con El Paso Patriots S.C.)

Su olfato goleador era su facilidad para hacer amigos. Su regate, el engaño. Su velocidad, la capacidad para el espectáculo. Su potencia, el don de la improvisación.

Uno de los trucos que más repitió y llevo a la excelencia era el siguiente; tiraba de contactos y de teléfono para contratar en la planta de baja del hotel, donde sabía que se hospedaría el equipo días más tarde, unas cuantas habitaciones. El día anterior a que llegara el equipo esa habitaciones estarían ya ocupadas por señoritas de alegre compañía. Raposo y sus nuevos mejores amigos solo tenían que bajar una planta.

Reconoce que usaba un teléfono de juguete para hablar en inglés (idioma que desconoce) con clubes y hombres de fútbol que le llamaban para interesarse por él.

Anécdotas tiene tantas como irrepetibles. Una de las mejores ocurrió en Bangú. Después de varios años como profesional en los que solo había disputado 20 minutos de juego. “Sí el balón iba a la derecha, yo corría hacia la izquierda”. El entrenador decide convocarlo. Carlos se encarga de demostrar que no está para 90 minutos. Estaría en el banco. El míster, el ex-madridista Valdir PereiraDidi, le hace calentar. Va a jugar. Mientras calienta El Kaiser planea la manera de no saltar al campo. No duden ni un segundo, se le ocurre. Se gira y empieza a discutir con un aficionado de la grada que estaba a su espalda. Lo hace de tal manera que el colegiado del encuentro tiene que expulsarlo. Lo mejor vino después. Carlos Henrique Raposo era capaz de salir de la situación con un resultado aún más favorable. Didi baja al vestuario una vez concluido el partido con un cabreo considerable. Raposo no le deja ni darle el primer grito. Lo abraza, le pide perdón y le confiesa el motivo de la pelea. “Dios me dio un padre y después me lo quitó. Ahora que Dios me ha dado un segundo no dejaré que nadie lo insulte” Renovó poco después. Jamás jugo un minuto con esa camiseta.

Yo quería ser jugador, pero no quería jugar” dice El Kaiser. “No me arrepiento de nada. Los clubes han engañado y engañan mucho a los futbolistas. Alguno tenía que vengarse por todos ellos“. Se presenta como Robín Hood. Un héroe. Es un genio de los de verdad. De los que mueren siéndolo.

A sus 39 años y después de casi 20 como profesional. Dejando atrás la escalofriante cifra de 27 partidos disputados; nunca de más de 30 minutos. Carlos Henrique RaposoEl Kasier Colgó sus botas. Estaban nuevas.